¡Vamos, vamos, Argentina!

¡Feliz cumple al Capitán de nuestra selección!

El fútbol tiene esa magia extraña de convencernos, por noventa minutos, de que nada más existe. Que el universo entero cabe en un rectángulo de pasto verde. Y está bien que así sea.

Pero cuando suena el silbato final –ya sea de triunfo o de derrota– el mundo retoma su ritmo sin pedir permiso. Y eso, lejos de quitarle mérito a la alegría, se lo multiplica: celebramos por que elegimos celebrar, no porque el cosmos nos lo exija. La alegría mundialera es un paréntesis que nos tomamos con todo el derecho.

Por eso festejemos sin culpa y sin exageración. Gritemos el gol, abracemos al de al lado aunque no lo conozcamos, pongamos banderas por todos lados, miremos una y otra vez los videos, “reeles” y fotos de los goles de Messi (¡Felices 39!). Y después, cuando baje la euforia, recordemos que la vida –con sus facturas, sus afectos y sus pequeñas victorias cotidianas– es el partido
que nunca termina… Y ese sí vale la pena ganarlo (y ayudarlo a ganar todos los días.)

– P. Manolo Cayo, salesiano.